EL ORGULLO
 

Si investigamos por nosotros mismos, veremos que el orgullo se produce por una necesidad de valoración; bien sea en las acciones y comportamientos, o simplemente por el hecho de tener más dinero, para que los demás reconozcan que valgo, que soy importante. Tengo la necesidad de que los demás me admiren,  ya sea mostrando mi inteligencia, voluntad o capacidad afectiva comportándome delante de ellos como si fuera superior.

 Detrás de esta aparente superioridad de que soy inteligente, importante  (que es uno de los aspectos del potencial del existir “inteligencia”) se esconde un complejo de inferioridad originado en la infancia, a partir de una serie de experiencias negativas incompletas, o sea, que no han sido asimiladas, y por tanto no trascendidas. Experiencias tales como : " tu no vales", " eres débil", "antipático" etc..., han ido anulando el yo. Toda esta negatividad favorece a que se repriman los impulsos y necesidades naturales. A medida que soy  anulado por el ambiente que me rodea empiezo a creer que soy tonto, débil o poco cariñoso. Cada vez que expreso lo que siento, cada vez que soy espontáneo y los demás descargan su ira sobre mí, creo que ser sincero no se corresponde con mis ideales, con mi bienestar. Se crea una dualidad mental y como consecuencia se generan contradicciones entre mis necesidades interiores y lo que el exterior me exige   hacer. Debo ser de un modo determinado, sino me rechazan, me niegan. Lo triste es que creo ser esa negatividad que me dicen que soy y no desarrollo mis potencialidades de  inteligencia, amor y energía de una manera natural, por discernimiento propio, sino que las desarrollo por un complejo de inferioridad, las desarrollo de forma condicionada  y apareciendo muchas veces un sentimiento de culpabilidad.

 Las experiencias negativas que voy acumulando, conjuntamente con la identificación de mi persona en ellas, fomentan y favorecen la construcción de una idea negativa de mí (el yo idea). El yo idea es generado por la sociedad mediante la educación, pues en general se da más importancia a un tipo de comportamiento, a un modelo de ser, que al hecho de ser.

 Si me cuesta entender, pierdo el estímulo a investigar porque me veo tonto. Si me cuesta actuar, movilizar mi energía,  la critica del exterior es que me digan que soy débil o inútil. En el aspecto sentir; si me cuesta expresar el afecto, la respuesta del exterior es acusarme de poco cariñoso. Hay un error importante en la base del proceso educativo.

 Hemos visto que el orgullo surge de la idea de sentirse poca cosa en cualquiera de los tres aspectos: ver, sentir y actuar . Es a partir de esta idea y la necesidad de aparentar que soy importante, cómo se empieza a estructurar un estilo de comportamiento orgulloso, que acaba siendo una constante en mi forma de relacionarme conmigo mismo y con el mundo. Esto no resuelve el problema, pues siempre está en el fondo empujando el complejo de inferioridad. A la mínima que se presenta una circunstancia en la que puedo quedar mal, aparece la tensión, el nerviosismo, etc... Esta manera de funcionar en realidad es una máscara que creo que me protege

 Si me valoran, me reafirman, me siento bien; sino es así me deprimo, me hundo. Creo que si me acerco al modelo ideal me sentiré bien, pero unas veces lo consigo y otras no, creándose una continua dependencia con el ambiente.

 El orgullo se ve en la necesidad, cuando estoy en un grupo, de hacer o decir algo que parezca más ingenioso, más importante. ¡No importa el qué! Si importa que yo quede mejor.

 Puede ser que alguien lo vea como algo honorable, pero desde el punto de vista que lo estamos mirando es un problema, pues me condiciona y me sujeta a un modo de ser, impidiendo que surja de forma natural mi respuesta a los estímulos y experiencias que voy viviendo.

 Otra de las características de la persona orgullosa es que a él no le enseña nadie, él es autosuficiente, él lo sabe todo. Esto, de alguna manera es una limitación en el aprendizaje y al mismo tiempo obstaculiza una relación más serena con los demás. De cara a la espiritualización de la mente y a una mayor harmonización con el mundo, es necesario ir diluyendo esta estructura con sinceridad, humildad y paciencia.

 Felipe García