| LA PROBLEMATICA HUMANA: ORIGEN Y CAUSAS | |
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Introducción La gran mayoría de los seres humanos queremos ser felices, queremos llegar a una supuesta plenitud que colme todos nuestros anhelos, nuestras aspiraciones, nuestras inquietudes. Esa búsqueda de la felicidad es una constante en nuestras vidas, pero son, desgraciadamente pocos, los que de una forma sincera y veraz pueden decir que son felices. Al referirme aquí al término felicidad (prefiero la palabra plenitud) me estoy refiriendo a un estado permanente de paz interior, de calma, de seguridad y de ausencia total y absoluta de temores, angustias y miedos, para diferenciarlo de esos fugaces estados de felicidad que todos los seres humanos experimentamos, pero que se caracterizan por ser pasajeros y efímeros. ¿Nos hemos preguntado alguna vez a qué se deben esos estados de depresión, angustia, miedo, inseguridad, retraimiento etc., que salpican nuestras vidas y que impiden que esa ansiada plenitud sea un valor estable y permanente en nosotros? Con demasiada frecuencia no encontramos respuesta a esa pregunta, únicamente constatamos que esos estados negativos existen, pero nos mostramos incapaces de poder indicar a qué causas obedecen ni porqué se han formado. Esta incapacidad de visión, a su vez, nos impide tomar medidas para erradicar esos estados en los que nos encontramos atrapados y sin salida; en nuestra propia cárcel. Vamos a intentar en este artículo dar algunas pistas, algunas pinceladas sobre cómo se forman toda esa gama de trastornos que condicionan nuestra plenitud de presente. Para hacerlo será necesario remontarnos a la infancia ya que es en esa época de nuestra vida donde se gesta el núcleo de la problemática humana, que se va ampliando a medida que el ser humano va haciéndose adulto. El conflicto entre la demanda y la respuesta Vamos a ver como todo el origen del problema se halla en un conflicto: en una lucha que tiene lugar entre una demanda existente en el ser humano y la forma en que esa demanda es atendida y satisfecha por el entorno, por la sociedad. ¿A qué nos estamos refiriendo con esa demanda? Pues nos estamos refiriendo a un conjunto de necesidades, de aspiraciones de diversa índole y que podríamos dividir en dos grandes grupos, unas necesidades de tipo individual y unas de carácter social. A nivel individual, el ser humano (recordemos que nos encontramos en la infancia) tiene unas necesidades de carácter, podríamos decir, físico, que consistirían en: disponer de alimento para satisfacer su apetito, un techo para cobijarse del frío y del calor, unas condiciones de vida mínimas, cierta estabilidad económica, etc. Luego tendríamos lo que sería una demanda a nivel vital, una necesidad de dejar salir todo ese mundo instintivo que llevamos dentro y que básicamente se manifiesta en el impulso a la sexualidad y a la combatividad. A nivel afectivo, la persona tiene la necesidad de expresar toda una gama de sentimientos positivos que le conduzcan a una madurez en ese aspecto. Y también existe una necesidad a nivel mental en virtud de la cual queremos comprender, comprendernos tanto a nosotros mismos como a todo lo que nos rodea. Luego vendrían las demandas a nivel social: En primer lugar tenemos la necesidad de sentir que formamos parte de la sociedad, que estamos integrados en su seno, que no estamos al margen de ella sino que, por así decirlo, somos 'una abeja más en esa gran colmena que constituye la sociedad'. Además de esa necesidad de sentirnos parte del conjunto, tenemos también la aspiración de ser útiles dentro de ese conjunto. Siguiendo con el símil de la colmena, diríamos que necesitamos sentirnos mucho más abejas obreras que simples zánganos, necesitamos ver que nuestro esfuerzo es de utilidad para el resto de la comunidad, que aportamos nuestro pequeño grado de arena al bienestar de la sociedad en su conjunto. En un grado mas elevado, el ser humano tiene también una inclinación hacia el mejoramiento, hacia la armonía de la sociedad, de que ésta, en su conjunto, funcione de la mejor manera posible y que sus miembros también vivan de la mejor forma posible. Cuando eso no ocurre, y si mi sensibilidad va madurando, no me siento a gusto, no me siento cómodo. Además de estas necesidades a nivel individual y social, existe un tercer grupo que calificaríamos como una demanda a nivel espiritual, que es mas evidente en unas personas que en otras, y que hace que yo tenga una necesidad de conocer la verdad de las cosas, de conocer cuál es mi realidad, saber qué estoy haciendo yo en el mundo, una necesidad de vivir, de vivenciar ese principio, esa inteligencia suprema que sustenta toda la existencia. Hasta aquí los niveles de la demanda que, como hemos dicho, están presentes, en mayor o menor medida, en todos nosotros. Ahora bien, ¿de qué manera son satisfechas estas necesidades del ser humano? Para satisfacer estas aspiraciones, la persona se vale, se sirve del ambiente que le rodea, del mundo, de la sociedad o como queramos llamarle. Pues bien, la sociedad satisface algunas de las demandas del ser humano, pero lo hace a cambio de exigir el pago de un alto precio; veámoslo más en detalle. Efectivamente la sociedad se encarga de proporcionarnos alimento y cuidados en nuestros primeros años de vida ya que de no ser así moriríamos. Mas adelante se nos da una educación, unos estudios y podemos aspirar a desempeñar alguna labor productiva en el conjunto de la sociedad. Así que vemos cómo algunas de las necesidades individuales y sobre todo sociales son cubiertas por el entorno; entorno constituido por la familia, la enseñanza, el círculo de amigos, el mundo laboral etc. Pero a cambio de cubrir toda esa gama de necesidades, la sociedad tiene un impacto muy importante sobre nosotros. Ese impacto que la sociedad ejerce sobre nosotros consiste en la imposición de un modelo, en la imposición de unas reglas del juego, en la imposición de unas condiciones. La sociedad nos dice lo que está bien y lo que está mal, lo que podemos decir y lo que no podemos decir, cómo debemos comportarnos, cómo hemos de actuar, en qué consisten nuestros defectos y nuestras virtudes..., y lo hace, y esto es lo más grave, como si esto fuera lo único importante, como si el cumplimiento de todas esas condiciones fuera exclusivo, como si todos esos modelos de comportamiento fueran más importantes que el respeto al niño (seguimos en la infancia) por el simple hecho de ser un ser vivo, más allá de cualquier forma de comportamiento. Es evidente que muchas de las normas que la sociedad nos enseña son muy útiles para poder vivir en sociedad y respetarnos los unos a los otros, pero es ese culto enfermizo al modelo de comportamiento lo que transforma esa norma de convivencia, seguramente muy útil, en un elemento alienante para el niño. Desde otro punto de vista, diríamos que la sociedad da sus normas pensando únicamente en el bien de la sociedad y olvidándose del bien de la persona como individuo y, precisamente por eso, lo que la sociedad quiere son individuos plenamente integrados en su seno, que no resulten problemáticos, que no sean elementos discordantes dentro del conjunto. La sociedad quiere personas útiles desde el punto de vista social, es decir, personas que acepten las normas, que estén integradas y además que sean productivas. Y ese modelo de individuo es el que se nos impone desde que somos muy niños por parte de todos los ámbitos de la sociedad, y así se nos dice que estudiemos y que nos apliquemos para que en el día de mañana seamos alguien de provecho. Y si por algún azar surge un atisbo de protesta o de ir en contra de lo establecido, inmediatamente surge la crítica, la reprensión e incluso la marginación y el rechazo patente. Un puro y duro chantaje. Te aceptamos y te queremos en tanto te comportes como nosotros queremos que te comportes. Y el niño, como es un ser que todavía no es maduro, como es un ser que todavía necesita a los demás, va aceptando ese chantaje, va reprimiendo toda esa vida interior que pugna por salir en forma de impulsos vitales de sexualidad y de energía, en forma de impulsos de expresión de sentimientos positivos, en forma de preguntas, de inquietudes, de búsqueda, de respuestas a sus primeros interrogantes existenciales. Poco a poco, se va cercenando esa vida que surge de lo más profundo de él y el niño empieza a controlar su espontaneidad para lograr la aceptación de los demás. Acción de la sociedad sobre el individuo De este chantaje encubierto que la sociedad ejerce sobre el individuo se desprenden varias consecuencias: La primera de ellas es que yo no voy a poder expresar de una forma completa y total todos esos impulsos de vida que surgen espontáneamente de mi interior y este déficit de expresión de mis energías se traducirá necesariamente en una deficiencia en el desarrollo de mi personalidad. Mi personalidad se construye a base de ir expresando, en todo momento, cualquier aspecto de esa energía, de esa fuerza vital que constituye mi núcleo central; cada vez que yo expreso un sentimiento, una emoción, una opinión, una inquietud, una duda, cada vez que dejo que ese impulso de vida que surge de mí se exprese sin trabas estoy colocando un ladrillo más en mi personalidad, estoy aumentando la experiencia que yo tengo de mí como persona. Imaginémonos un piloto de avión muy experimentado: para poder llegar a acumular toda esa experiencia como piloto, éste tiene que llevar muchas horas de vuelo a sus espaldas, ha tenido que expresar una y otra vez todo ese conocimiento de pilotaje, ya que únicamente esa expresión práctica de su aprendizaje teórico como piloto le proporcionará esa experiencia. Abundando en este terreno, fijémonos también cómo en la gran mayoría de las ofertas de trabajo, aparece la frase: “Se requiere experiencia”; quiere esto decir que la experiencia se valora como algo importante, como garantía de efectividad. Ahora bien, la sociedad que tanto se preocupa de que yo acumule experiencia dentro de mi parcela laboral, de que mi efectividad sea máxima en mi trabajo, ¿se preocupa de que yo, como ser humano, tenga experiencia de mí, de que yo sea un individuo experimentado, no como piloto o como ingeniero o como panadero, sino simple y llanamente como ser humano? La respuesta es, desgraciadamente 'no'. Para poder llegar a esa experiencia de mí mismo (lo que podríamos llamar yo-experiencia) la clave está en expresar eso que yo soy en esencia, sin trabas, sin tapujos; evidentemente dentro de un marco de respeto mutuo, tolerancia y sentido común. Pues bien, esa insuficiencia en la expresión de mis energías va a hacer que mi yo-experiencia sea pobre, la conciencia que yo tengo de mí será pobre al haber expresado poco y esto se traducirá en una inseguridad y en una insatisfacción permanente. Ya empezamos a vislumbrar las causas de los estados negativos de la persona: un déficit en la expresión de las energías. Esa inseguridad e insatisfacción se pueden manifestar de dos maneras diferentes: en forma de timidez y complejo de inferioridad o bien en forma agresiva, en forma de rebeldía y de protesta. Pero en ambos casos están poniendo de manifiesto una energía interior que no se ha vivido y que está empujando desde dentro para liberarse. En sus primeros años de vida, la relación que el niño mantiene con el mundo y con la sociedad que le rodea es una relación libre, espontánea y profunda. Tanto el estímulo que llega del exterior como la respuesta que se da, se producen a un nivel profundo, en el nivel desde el que se está manifestando la vida. El niño recibe un estímulo, éste llega al fondo vital y desde ahí se produce la respuesta, que es en todo momento libre, espontánea y limpia. Y es precisamente esa pureza lo que a los mayores nos hace gracia del niño, que si te tiene que mandar a paseo, pues te manda y se queda tan tranquilo. Decíamos pues que en esa interacción entre el niño y el mundo no existe ningún tipo de control, ninguna clase de censura, es una interacción libre en la que casi podríamos afirmar que el niño no tiene una firme conciencia de él como individuo separado de los demás, sino que su actuación se produce desde un vivir, desde una vitalidad en la que todavía no existe una conciencia clara de cuerpo o de mente. Esta espontaneidad y fluidez en el vivir, en la que vive el niño, se trunca en el momento en que a medida que va creciendo y se va estructurando el lenguaje, va observando y va comprendiendo que si quiere recibir la aceptación y la integración de la sociedad (familia, amigos, etc.), muchas veces no puede mostrarse de una forma tan espontánea, tan directa sino que de alguna manera es preciso controlar esa espontaneidad en aras de garantizarse esa respuesta positiva de la sociedad. Hasta ahora el niño no ha precisado de ningún elemento supervisor en su relación con el mundo, pero a partir de ese instante va a necesitar una especie de policía que haga las funciones de controlador; controlador, por una parte, de los estímulos que surgen de dentro hacia fuera: eso que siento, ¿es correcto?, ¿me traerá problemas? Y por otra parte de los estímulos que vienen del exterior hacia dentro: esta experiencia que vivo, ¿me hará daño?, ¿me aporta algo bueno? Este papel de controlador lo va a realizar la mente, y como esa necesidad de controlar va a ser una necesidad constante en mi vida, poco a poco, traslado mi modo de vida a la mente y voy mentalizando mi vida: quiero decir que continuamente estoy viviendo desde la mente, pasando todas las experiencias por el filtro de la mente y perdiendo por tanto ese frescor y esa libertad que me daba el actuar desde mi espontaneidad y mi “genuinidad”. Aparición del yo-idea y del yo-ideal Dentro de ese reino mental en el que vive el niño, aparece una estructura que se encuentra justo en medio: entre los impulsos que vienen de dentro y los impulsos que vienen de fuera. A ese punto desde el cual se está efectuando esa labor de control y de censura, a ese censor, es a lo que voy a llamar yo a partir de ese momento. El niño, que como hemos dicho funcionaba desde su fondo vital, sin una clara conciencia de él mismo, empieza a confundir su realidad profunda con esa idea que se forma de sí mismo y que está realizando esa labor de control, de policía, de abrir y cerrar. Ese Yo-idea que inicialmente se crea como fruto, por un lado, de esa doble presión entre lo que surge de dentro, y lo que viene de fuera, y por otro, de esa imperiosa necesidad de controlar mi comportamiento, se va ampliando a medida que yo voy teniendo experiencias en mi vida. Al vivir desde la mente, cualquier experiencia la interpreto sacando una conclusión sobre cómo creo ser yo; y esa conclusión, sea positiva o negativa, pasa a engrosar ese yo-idea. Las experiencias positivas configuran los aspectos positivos que yo creo poseer y las negativas todo lo contrario. Por otro lado en mi relación con el mundo, recibo impresiones de éste sobre cómo los demás me ven, y estos impactos del exterior también contribuyen a moldear ese yo-idea. El mundo me ve inseguro, yo soy inseguro; el mundo me ve simpático yo soy simpático. Estoy pues viviendo una idea de mí mismo que se ha creado a partir de mi relación con el mundo, de la relación yo-mundo y de la relación mundo-yo. El yo-idea no constituye mi auténtica realidad sino que únicamente está midiendo mis modos de relación con el mundo, lo cuál es sustancialmente diferente. En el momento en que yo he aceptado ser esa idea de mí, en el momento en que yo traslado mi forma de vida al yo-idea, es como si me hubiera colocado unas gafas de sol y esa gafas las llevo puestas permanentemente en todo momento, de tal forma que las situaciones, las experiencias cotidianas ya no las veo tal y como son sino a través del filtro del yo-idea. Unas gafas de sol pueden ser muy útiles para protegerse del sol en según que momentos, pero si se hace un mal uso de ellas, llevándolas constantemente haga o no haga sol, desvirtúan el aspecto de la realidad; los colores no son los mismos, todo es más oscuro. De igual forma, cuando nos instalamos en el yo-idea, que recordemos que es una estructura de la mente, estamos haciendo un mal uso de la mente cuyo fin es reflejar la realidad tanto interior como exterior de una forma objetiva. En el preciso instante en que empiezo a controlar mi espontaneidad para conseguir el favor del exterior, en ese instante en que se forma el yo-idea, está naciendo un nuevo sector en mi mente. Analicemos detalladamente el proceso por el cual yo dejo de actuar de una forma libre y espontánea y controlo mi comportamiento frente a una experiencia: En un momento determinado, bien por un estímulo del exterior o fruto de una naturaleza interior surge de mí un impulso de vida (ya sea vital, afectivo o mental), una necesidad de hacer, de decir, de expresar algo en definitiva. En el momento en que me dispongo a dar salida a ese impulso, se pone en marcha el policía (el yo-idea), y a través de un proceso mental yo valoro los pros y los contras, y concluyo que si dejo salir eso que siento pondré en peligro algo que quiero obtener del exterior y que para mí es altamente importante. Finalmente opto por reprimir ese impulso que ha surgido. Fijémonos que por un lado aparece una aspiración de algo que yo considero muy valioso, algo que yo deseo muy fervientemente, algo que llamaremos mi yo-ideal y que se convierte en mi Dios ya que constantemente intentaré acercarme hacia este yo-ideal. Este yo-ideal puede manifestarse de muchas maneras según la caracterología de la persona: ser muy fuerte, tener mucho dinero, ser muy espiritualista etc. Muy frecuentemente, este yo-ideal no aparece de una forma definida sino que únicamente se vive como la imperiosa necesidad de vivir algo que en ese momento no se está viviendo: una fortaleza, una seguridad, un reconocimiento de los demás. El yo-ideal representa la reivindicación de todo eso que me hubiera gustado vivir, pero que se ha quedado a medio camino en mi interior. Mi actitud frente a la vida Podríamos decir a estas alturas que ya estamos metidos en el tinglado, que ya tenemos todos los requisitos, todos los ingredientes para que nuestra vida se vaya desarrollando de una forma que podríamos llamar tragicómica; sacando pecho cuando el viento sopla a favor y aguantando el chaparrón cuando sopla en contra. Nuestra vida va a consistir en una búsqueda constante de ese yo-ideal que pretendo conseguir y en un huir de todo lo que pueda alejarme del mismo. Esto va hacer que las personas y las cosas se conviertan en meros valores que me acercan o que me apartan de mi yo-ideal. Todos los impulsos que surjan en mí y que mi propia moral y censura considere como peligrosos o no favorables para conseguir mi yo-ideal van a ser reprimidos, los voy a mandar al fondo de mi mente, al subconsciente desde donde estarán continuamente condicionando mi vida de presente. Mi relación con las personas deja de ser una relación en la que me relaciono con lo auténtico, con su profundidad de vida; eso no me importa en absoluto, ya que lo único que me importa es si me hacen sentir más lejos o más cerca de mi ideal. Si me hace sentir cerca, esa persona me convendrá, intentaré mantener su amistad; si por el contrario esa persona me hace sentir fracasada, si me aleja de mi yo ideal, se iniciará la crítica, el rechazo, el distanciamiento. Por otro lado, ese filtro en el que estoy viviendo, esa gafas que llevo puestas están falseando por completo la realidad que estoy creyendo vivir. Al estar viviendo desde el yo-idea, todo lo que yo creo merecer, todos los comentarios que me hacen, todas las experiencias que yo vivo, están falseadas y por esto yo me transformo en un ser enormemente irritable e imprevisible; por eso algunas personas reaccionan de una forma totalmente desmesurada frente a situaciones que, aparentemente, no parecen muy conflictivas y viceversa, al estar falseado el punto de vista se pierde la objetividad y estamos en manos de los acontecimientos como un barco sin timón está a merced del estado de la mar. Concluyendo, si nos encontramos como nos encontramos no es porque sí, sino que existen unos motivos perfectamente identificados y que podrían resumirse en un conflicto entre las demandas del ser humano y la forma en que éstas son cubiertas por la sociedad. Es muy comprensible y humano que a las personas nos cueste mucho trabajo comprender el porqué de tanto malestar y de tanta angustia. Muy a menudo el lío mental es muy grande y es como un enorme ovillo del que no se sabe de donde empezar a tirar para desenredarlo. Pero el mensaje de este artículo es que a través de un enfoque ordenado y metódico es perfectamente posible empezar ese proceso de desenredar la madeja. Primero comprendiendo las causas y los motivos de todos esos estados negativos, comprendiendo que no se han formado porque sí sino que hay unas causas muy concretas y, segundo, a la luz de esta comprensión, empezar a tomar cartas en el asunto para eliminar toda esa negatividad y dar paso a una mayor plenitud y paz en nuestra vida. Josep Mª Pegueroles Cordomí Fuentes: Tensión, miedo y liberación interior - Antonio Blay - Editorial Indigo |
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