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Hubo una época en la edad
media en que nobles, religiosos y caballeros cruzados, dedicaron parte de
sus vidas a la búsqueda del Santo Grial con una pasión exacerbada, y en la
creencia de que su posesión traería para ellos, para su rey y su pueblo, la
protección y la bendición de Dios.
En realidad aquellas
generaciones, las anteriores y las contemporáneas, siguen con esa inquietud;
cambian los signos, las formas, los objetivos pero ese viaje, esa búsqueda
interior permanece.
De la leyenda del “Mago
Merlín” se atribuyen las palabras, “Es casi imposible convencer a los
mortales, de que las búsquedas nunca tienen por objetivo cosas externas, por
más que sean sagradas”. “Es un viaje interior, una búsqueda de
transformación’.
La “alquimia” es el arte
de la transformación, decía el mago, y cuando se han conseguido sus siete
pasos, entonces se puede alcanzar el “Grial”.
Tratare, a partir de
aquí, de sintetizar los siete pasos. Según el mago todo bebé nace
alquimista, luego pierde el arte, para recuperarlo más adelante.
El mayor despilfarro que
puede hacerse en la existencia, es el despilfarro del espíritu. Todos los
mortales vienen al mundo para buscar el “Grial” Nadie nace más privilegiado
que otro; un mago se encarga de que todo el mundo sea creado para alcanzar
la libertad y la realización.
Primer Paso: LA
INOCENCIA
Nacemos en estado de
inocencia, un bebé recién nacido no pone en duda su inexistencia; vive en la
aceptación de sí mismo, la confianza y el amor.
Cuando se miran los ojos
de un bebé; se ve en ellos muy poca individualidad. La pregunta ¿Quién soy
yo? No tiene ningún sentido para el recién nacido, en su lugar lo que brilla
es la conciencia misma.
Durante un tiempo el bebé
permanece bañado en lo intemporal. No tiene ningún concepto del pasado ni
del futuro, sólo un presente que se va desdoblando. Pero un bebé tiene
tendencia a pasar de lo intemporal al mundo de las horas, y los días, del
silencio del mundo interior, a la actividad del mundo exterior, de la
absorción en sí mismo, a la absorción de las cosas fascinantes que le
rodean. Si observamos al niño durante las primeras semanas de vida, podremos
ver como llama su atención ese asombroso mundo que le rodea. Así comienza la
"alquimia”, la transformación; constante que ya no le dejara en los años
venideros. Pronto pasa de su estado inicial de inocencia, a otro en el que
empieza a sentir los primero síntomas de ira, miedo, desconfianza y duda. Al
dejar su estado de inocencia entra en un mundo más severo; nacen deseos que
no se satisfacen inmediatamente, y se experimenta el dolor por primera vez.
Al crecer el bebé su
inocencia original no se pierde en realidad. La inocencia permanece intacta
en un estado de pureza y totalidad que sencillamente olvidamos. A partir de
ese momento para nosotros el mundo está limitado; nuestro sentido del yo se
encuentra atado a las experiencias y recuerdos que acumulamos. No sentimos
ni actuamos como un recién nacido, pero su esencia permanece. La pérdida de
la inocencia fue un acontecimiento real, que al mismo tiempo no tiene
ninguna realidad en absoluto.
Segundo Paso: EL
NACIMIENTO DEL EGO
Podemos imaginar
ese bebé en su estado de inocencia; omnipotente y omnipresente, allá donde
mire todo es un reflejo, una prolongación de él. Pero pronto las personas,
las cosas, empiezan a verse como algo aparte de él; empieza a nacer el
sentido del “yo, pero ese “yo” implica también un ‘tú” o “ello”. Se nace a
la dualidad, comienza los antónimos, “lo bueno lo malo”, “lo feo lo bonito’,
etc... y por ende también comienza la oposición.
Por naturaleza, un bebé
verá a la madre como fuente de amor y nutrición, pero es una fuente situada
fuera de sí mismo. Al principio no había separación, cuando el bebé tocaba
el pecho de la madre, la cuna, la pared, todas estas cosas parecían formar
parte de una misma sensación que fluía sin divisiones. Pero pronto el bebé
se percata de que hay algo mas: el mundo exterior. El ego dice: “esto es yo,
eso no es yo” y poco a poco las cosas pasan a identificarse con “yo”: mi
mamá, mis juguetes, mi hambre, mi dolor, etc. y por tanto un mundo que no es
“yo”: no mi mamá, no mis juguetes, etc...
En la separación
empezamos a buscamos a nosotros mismos en los objetos y los acontecimientos;
perdemos la capacidad de vemos como fuente verdadera de todo lo que es; el
“Ser”. Empezamos a explorar el exterior y los objetos se vuelven
fascinantes, ligamos nuestra felicidad a ellos.
El nacimiento del ego da
origen a aspectos que podemos observar en nosotros mismos, tales como el
miedo al abandono, la necesidad de aprobación, el espíritu posesivo, la
angustia de la separación, la preocupación por uno mismo, la lástima de uno
mismo. Al dejar de realizarnos del modo sencillo en que se realiza el bebé,
nos convertimos en adictos al mundo.
Tercer Paso: EL
TRIUNFADOR
Una vez tienes
ego, nace una nueva tendencia, el impuso de salir a ese mundo exterior,
explorar y triunfar. Pronto el bebé quiere agarrar cosas y retenerlas;
primero quiere explorar por cuenta propia, pero asegurándose de que su madre
está cerca de él, después quiere andar y protesta si no se lo permiten. Con
el paso del tiempo el bebé que quería que lo abrazaran y protegieran, llora
para que lo suelten. Es un instinto saludable porque el ego sabe que lo
desconocido es la fuente del miedo. Si el bebé no sale a conquistar el mundo
crecería temiéndolo.
Así nos alejamos cada vez
mas de la sensación de paz, unidad y confianza con la que nacemos. Cuando el
bebé busca en su interior para sentir lo que hay en él, ya no encuentra
conciencia pura, sino un remolino de recuerdos. El nacimiento del triunfador
nos da un sentido de singularidad, nos hace individuos.
El impulso del triunfador
es la señal del ego en acción. El nacimiento del triunfador hace que este
sea un mundo gozoso, lleno de cosas que hacer y comprender.
Para algunas personas el
triunfador durará mucho. La sed de fama y fortuna aplastará el verdadero
propósito de la búsqueda. Pero Dios permite el libre albedrío, y si una
persona decide que el mundo de ahí fuera es mas importante que ella misma,
nacerá un anhelo de fama y fortuna.
El ego no ofrece ninguna
posibilidad de realización. El ego controla y carece de amor. “Escúchame,
dice”, coge todo lo que puedas para ti mismo; por ese camino se va a la
felicidad. Mientras el ego esté presente en nosotros, el triunfador también
estará presente. El triunfador nunca satisface sus apetitos. Después de
todo, las experiencias que puedas acumular no tienen límite; el mundo es
infinito en su diversidad, pero el ego al crecer asfixia al espíritu, con
capas de cosas tales como: el poder, la riqueza, la propia imagen; hasta que
una vocecita empieza a preguntarse; ¿Dónde está el amor? ¿Dónde está el Ser?
Cuarto Paso: EL
NACIMIENTO DEL QUE DA
Con
el tiempo, ese ego que nos ha empujado a obtener cosas como el poder, la
riqueza, etc. encuentra una nueva idea: Que la felicidad no reside sólo en
tomar, sino también en dar, porque le libera de muchos miedos; miedo al
aislamiento, miedo a la pérdida, ya que no puedes conservarlo todo, miedo a
los enemigos que quieran quitártelo, etc...
Con el nacimiento del
dador, la persona se desprende libremente de algo, y no tiene sensación de
pérdida, en vez de eso el ego siente un placer distinto al de tomar. La
acción de dar es creativa y la realizamos con el amor, mientras que el ego
al tomar sólo persigue el interés propio. Pero no confundamos, a veces, a
este sentimiento le llamamos “amor”, pero el amor es abnegado, y necesita un
acto de abnegación para que surja.
La acción de dar no se
limita a dar dinero o cosas. Existe el servicio de darse también a uno
mismo, y la devoción es la acción de amor en su forma mas pura. El
nacimiento del dador produce una sensación de liberación. La acción de dar
tiene que ser espontánea, tiene que nacer de la opinión de que “esto es lo
que quiero hacer” y no de la de “será mejor que haga esto”. Mientras que des
porque te lo ordenaron o porque piensas que es lo mas correcto, no
experimentarás el profundo placer de dar.
Quinto paso: EL
NACIMIENTO DEL BUSCADOR
Este
paso significa una rotura de esquemas tan grandes a los anteriores que
tiene una difícil asunción.
Como dador llega al
término en el que se plantea la siguiente pregunta: ¿Puedes darte a todos
los demás habitantes del mundo?, y cuando se plantean estos interrogantes a
los que no puedes responder, se prepara el camino para un nuevo nacimiento.
El dador se da cuenta en este punto de que el mundo ya no es una única
fuente de realización, nace un deseo muy intenso de conocer el “rostro” de
Dios, de explorar el silencio de la conciencia pura, de vivir bajo la luz.
Con el nacimiento del
buscador, aumenta la demanda de experiencias espirituales, y se intuye un
amor y una realización tan intenso, que no podríamos encontrarlo en
cualquier otra persona.
La necesidad de
conocimiento completo y realización completa es la que empuja la vida hacia
delante. Con el nacimiento del buscador podemos poner nombre a un deseo que
hasta ahora no lo tenía, y poco importa si el nombre es Dios, el Ser Divino,
o el Espíritu; todos indican una necesidad nueva de escapar de los limites
del tiempo y el espacio. Nuestra esencia es ilimitada, nacemos para vivir
una vida universal. El mundo que parece limitado por el tiempo y el espacio,
es solo una apariencia.
La etapa del buscador es
para la que menos preparados estamos. Desde que nacemos, hemos deseado más y
más. El buscador es aquel cuyos deseos han aumentado tanto, que no le
satisface nada mas que encontrarse con Dios. Cada persona tiene la versión
de lo divino que ella tiene en su mente.
Hay muchas clases de
buscadores, algunos ven a Dios en una flor, otros siguen una fuerza
invisible que se expresa en las acciones más cotidianas, y hay quien precisa
de actos milagrosos. Lo que motiva al buscador es la necesidad de realidad
superior. Cuando el espíritu anuncia su aparición, el ego no escucha porque
está seguro de su poder absoluto. Pero el espíritu no usa la clase de poder
al que el ego está acostumbrado; el ego esta habituado a rechazar cosas, a
juzgar, a separar y tomar lo que piensa que le pertenece. El espíritu es la
voz tranquila del Ser, afirmando lo que “es”. Con el nacimiento del
buscador, esta es la voz que se empieza a oír, pero hay que estar preparado
para una reacción violenta del ego, que no renunciara a su poder sin luchar.
Las
señales interiores del buscador son las siguientes: la acción de dar pasa a
estar motivada por el amor abnegado y la compasión. Sin querer nada a
cambio, ni siquiera la gratitud. La intuición se convierte en una guía de
confianza de la acción y sustituye a la racionalidad; se captan visiones de
un mundo no visto, como la realidad superior; aparecen indicios de Dios y de
la inmortalidad. Estas señales irán acompañadas de un goce creciente de la
soledad, de la dependencia de uno mismo respecto de la aprobación social; de
movimientos del Ser y de la disposición a confiar. La adicción comenzará a
desaparecer. La meditación y la plegaria pasan a ser partes de la vida
cotidiana. Mientras todas estas manifestaciones te apartan de la vida
material, encontrarás paralelamente una relación mas profunda con la
naturaleza, más bienestar en tu cuerpo, y mayor facilidad para
aceptar a los demás.
Sexto Paso: EL
NACIMIENTO DEL VIDENTE
Con
el nacimiento del vidente el ego llega a su fin. El nacimiento del vidente
se da cuando acaba toda identificación externa.
Imaginemos nuestra vida
como una película; mientras estamos dominados por el ego, nos concentramos
en las imágenes y las consideramos reales. Cuando el buscador hace su
aparición empezamos a darnos cuenta de lo irreal de dichas imágenes. Con el
nacimiento del vidente nos volvemos hacia el foco de luz que las proyecta, y
entonces vemos la imagen propia tal y como es en realidad; una proyección
insustancial a la que hace real la desesperada necesidad del ego de conceder
importancia a la mente y al cuerpo, limitados por el tiempo. El vidente ve
lo que hay detrás de esta motivación y deja de aceptarla. En vez de vernos
como una envoltura de carne y huesos que aloja un espíritu, nos damos cuenta
de que todo es espíritu. El cuerpo es espíritu que ha tomado una forma que
los sentidos pueden palpar, ver, oler. La mente es espíritu bajo una forma
que puede oírse y entenderse. El espíritu mismo en su forma mas pura, no es
ninguna de estas cosas, y solo puede percibirlo la intuición mas
perfeccionada. Cuando se adquiere conocimiento de cualquier cosa, se
adquiere conocimiento de algo sustancial. Adquirir conocimiento del
espíritu, es convertirse en el conocimiento mismo. Todos los interrogantes
cesan porque nos encontramos donde todo sencillamente es .
Cuando el vidente fija su
vista en algo, este algo se acepta tal y como es, sin juzgarlo, ya no hay
ninguna necesidad del ego de tomar, poseer, o destruir. No hay miedo y por
tanto no hay necesidad de ninguna motivación que te lleve a tomar, poseer,
etc. La larga lucha interior ha terminado por fin. En vez de lucha se
experimenta la realización natural y sin esfuerzo de todos nuestros deseos.
El vidente se siente
abierto y feliz; permite que los demás sean quienes quieran ser, que es la
forma más elevada de amor y no pone ninguna obstrucción en el camino de las
demás personas y acontecimientos, y renuncia a todo sentido pequeño del
“yo”.
Séptimo Paso: EL
ESPÍRITU
El objetivo de la vida es
la libertad y la realización. La realización no se alcanza hasta conocer a
Dios con la misma intensidad, que el se conoce a si mismo. Dios nos ha dado
la capacidad de identificamos con su naturaleza. Una rosa, la más perfecta
por su olor color o forma, es incapaz de darse cuenta de esa perfección; es
incapaz de darse cuenta que es una rosa; un ser humano que se ha realizado
sabe lo que significa ser divino.
Cuando se presenta este
séptimo y último paso de la alquimia, el espíritu, el vidente comprueba que
aquello que parece ser gozo y realización, todavía puede ampliarse; llegar a
la presencia de Dios no es el fin de la búsqueda, sino el principio.
Empezamos en la inocencia más pura y del mismo modo terminaremos en la
inocencia, pero con la diferencia de haber adquirido un conocimiento
completo, mientras que el bebé solo tiene sentimiento.
Cuando seamos capaces de
vernos como espíritu, cesará la identificación con este cuerpo y esta mente,
y nos veremos como una célula del cuerpo del universo, y este cuerpo cósmico
será tan íntimo como ahora es nuestro propio cuerpo. Entonces, podemos
entender el nacimiento como “tengo este cuerpo”, y la muerte no es más que
“ya no tengo este cuerpo”. Al no estar sometido a la ilusión del nacimiento,
cualquier cuerpo que se asuma, se ve como una pauta de energía, y cualquier
mente, como una pauta de información; estas pautas cambian siempre, viene y
se van, pero el espíritu está más allá del cambio. La mente y el cuerpo son
como habitáculos en los que el espíritu opta por vivir un tiempo.
El nacer en el espíritu
es un acontecimiento grandioso. Al madurar la unidad, nos familiarizamos más
y más con lo divino, hasta que finalmente se experimenta a Dios como un ser
infinito, que se mueve a una velocidad infinita, a través de dimensiones
infinitas. Cuando se produce, esta experiencia parecerá tan natural y
sencilla, como estar sentados aquí bajo las estrellas, pero sabiendo que
cada una de ellas soy yo mismo.
Nuestro estado natural es
estar unificado con el cosmos, en íntima relación con la vida en todas sus
formas, alcanzar la unidad con nuestro propio Ser... Este es el destino, el
final de nuestra búsqueda.
Fuente: “Camino de la
Sabiduría” D.Chopra
Rafael Cuadros Ruiz
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