| REFLEXIONES SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE | |
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Cuando observamos el nacimiento de un ser vivo, ya sea una planta, un animal
o un ser humano, lo hacemos con un sentimiento especial de alegría porque
entendemos que es la vida que se abre paso, se renueva y concluimos que es
el fenómeno más importante de cuantos conocemos. Sin embargo, hay otro
fenómeno igual de importante y que generalmente no recibimos con la misma
alegría: es el fenómeno de la muerte.
Si
hacemos una reflexión lógica, aunque simplista, sobre la vida y la muerte,
llegaremos a la conclusión de que sin la segunda, la primera habría
proliferado de tal forma que se habría ahogado a sí misma, desapareciendo al
menos en la forma biológica que la conocemos. Si profundizamos un poco más
en esa lógica, llegaremos al punto de que es del todo imposible la
existencia de la vida sin la muerte. Simplemente son las dos caras de una
misma moneda.
A
la muerte la podemos definir como un cambio de estructuras biológicas, que
dan lugar a una renovación constante de la vida del SER TIERRA.
Si
admitimos la muerte como parte fundamental de la vida, si aceptamos como una
realidad científica que nada desaparece, que la materia de la que formamos
parte, minerales, vegetales y animales es energía, una materialización de la
energía y que ésta sólo cambia de estructura, sólo se transforma, entonces
el concepto de vida y muerte es relativo. Llegados a este punto, la pregunta
es: ¿Porqué recibimos de distinta manera la llegada de la vida y la muerte?
¿Porqué nos produce miedo o angustia la llegada de la muerte? Para ser
exacto, y dejando de lado la incidencia de la muerte para el vegetal o el
animal, centrándonos en el ser humano, podríamos decir que no es cierto que
cualquier individuo sienta temor ante la muerte.
En
ocasiones el sufrimiento físico o psicológico de una persona puede ser de
tal grado que le lleve a ver la muerte como una salida, como una liberación,
y por tanto desaparezca el miedo. Por otro lado, el grado de evolución,
conciencia y armonía alcanzado por otro individuo, le permite afrontarla sin
ningún temor. De todas formas, tanto en el caso del que no la desea y la ve
como angustia, como del que la ve como una liberación, obedecen a una misma
consecuencia.
Cuando decimos que nada desaparece con la muerte, no somos del todo exactos
porque hay algo que sí desaparece y que produce con su presencia un mayor o
menor grado de angustia para aceptarla:
Como si todos fuéramos artistas y estuviéramos creando nuestra obra
maestra, vamos esculpiendo, cincelando, dando forma poco a poco a lo largo
de nuestra vida, a un personaje ficticio que sólo tiene lugar en nuestra
mente, completamente apegado a “beneficios” materiales y psicológicos ,que
obtenemos de nuestro exterior más inmediato y sin los cuales no tiene razón
de ser. Es por tanto, ese personaje, el que en realidad siente miedo a la
muerte porque ve que con ella llega el fin de esos “beneficios” o peor aún,
llega su propio fin.
Ese “personaje”, “ego”, “identificación” etc..., si queremos alcanzar el
grado de conciencia y armonía que nos permita aceptar la muerte sin miedo,
sin angustia, deberíamos diluirlo pero sin lucha. La lucha sólo consigue
realzar más aquello en contra de lo que va dirigida.
El
ego debe examinar sus temores y dejar de controlar. Nosotros debemos de
aprender a aceptar el flujo de la vida y no luchar contra él, aceptando lo
Real, lo que Es. Sólo cuando aceptamos lo que es Real podemos vivir y morir
en paz; si optamos por la lucha, no acabaremos nunca porque es una lucha
contra lo irreal: personaje, apegos, identificación, etc… en vez de con la
vida misma.
Pasamos la vida identificados y apegados a esa multitud de “beneficios”
materiales y psicológicos de los que hablamos antes. El ser humano tiene
miedo a todo aquello que su mente concreta no conoce y controla o es
susceptible de controlar. Por tanto, el ser humano tiene miedo a la muerte y
uno de los mecanismos de defensa o compensación que adquiere es el sentido
de posesión; luchamos por la obtención de cosas materiales y psicológicas,
obtenemos “cosas”para compensarnos de la angustia que nos produce saber que
tenemos un final que no podemos controlar.
El
sentido de la posesión existe porque tenemos miedo al vacío, miedo a lo que
no conocemos; sentirnos propietarios de cosas nos substrae de lo
desconocido, pero la realidad es que nada nos pertenece, ni siquiera nuestro
propio cuerpo. Todo pertenece a una naturaleza cambiante; hecho este que
observamos constantemente durante toda nuestra existencia, pero que no
aceptamos y en la que estamos inmersos, de la que formamos parte y para la
que no existe la más mínima noción de pérdida o ganancia, y en la que
terminamos nuestro ciclo igual que lo empezamos, si acaso con unas pocas
células más. Todo forma parte de una realidad concreta pero a la vez
relativa, de tal forma que nuestros átomos o nuestras células durante la
vida y después de la muerte, la totalidad, pasan a formar continuamente
parte de otro tipo de realidad concreta (mineral, vegetal o incluso humana).
Es un cambio constante y permanente, nada es estable, todo y todos somos
campos de energía variando constantemente de intensidad y experiencias que
nacen y acaban. Poco importan los modelos, personajes y demás construcciones
de la mente controladora. Lo único real y que transciende a la muerte es el
conocimiento, la ampliación de consciencia objetiva, el desarrollo de la
voluntad energía vital y el amor gozo empleados en nuestra relación con
cualquier forma de vida y con nosotros mismos. A esto, desgraciadamente, le
dedicamos poca atención y hasta nos parece en muchas ocasiones una pérdida
de tiempo.
Para entender esto y dejar de controlar, el ego primero tiene que adquirir
confianza, ha de aprender a conocer la realidad; y la realidad es que la
muerte no existe, sólo existe la vida. Todo es un cambio de estructuras y en
ese cambio sólo desaparece lo irreal, la fantasía creada por la mente
concreta; lo Real perdura. De todas formas a través de la palabra es muy difícil trasladar el sentimiento de Realidad y aceptación de todo cuanto he dicho; en todo caso la palabra puede servir para crear una inquietud en quien la lea escuche, que le lleve a buscar su propio nivel de verdad y aceptación.
Rafael Cuadros
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