SER UNO MISMO
 

El deseo que subyace en el fondo del ser humano es el de “ser uno mismo” del todo, y ser uno mismo es sinónimo de identidad, considerando la identidad como lo más auténtico en nosotros, lo que se mantiene constante e inalterable siempre y nos define como sujetos únicos e independientes desde el punto de vista existencial.

El enfoque que quiero presentar no es el de la construcción de lo que se conoce como una personalidad más o menos fuerte y estable, sino el descubrimiento de la base que hace posible que todo funcione  en mí de la forma más eficaz posible, pudiendo llegar a vivirme desde ahí totalmente instalado.

Para “ser uno  mismo” debemos tener en cuenta:

A.     Ser muy consciente de mí: Observación–Atención

B.     Conocer cual es mi temperamento

C.     Expresar y desarrollar el temperamento

D.     Tener en cuenta los obstáculos que impiden que sea yo mismo

La conciencia, en el ser humano, es el conocimiento de dos realidades que forman una sola Realidad: la realidad esencial o espíritu y la realidad existencial con todas sus modificaciones o Existencia. Es decir, es el conocimiento que tiene el espíritu, a través del ser humano, de sí mismo y de la existencia con sus modificaciones. Ser consciente de sí mismo significa que yo estoy  atento constantemente a mí como sujeto que experimenta la vida por medio de la atención; la observación simple y tranquila sin distracción alguna, y que habitualmente sólo está dirigida hacia los objetos externos. Pero ser consciente es estar atento a la Atención en mayúsculas, es atención a la Atención misma, es tomar conciencia de yo como sujeto activo, como centro de percepción y de expresión de mí, en donde he de instalarme para que esa conciencia de sujeto crezca y crezca cada vez más. Esto no es nada fácil de conseguir en un principio puesto que hasta ahora todo mi modo de funcionar ha estado volcado hacia el exterior identificándome con las circunstancias externas y construyendo una seudo identidad; de hecho no siempre ha sido así porque en la infancia, la infancia muy temprana, he estado viviendo más desde ese foco de atención que experimenta la vida y expresa todo su potencial de forma natural, aunque sin ser consciente de ello.

Así, el sujeto de toda acción es el que está atento a sí mismo aparte de la acción, beneficiándose del don de la trascendencia y de la atemporalidad, no quedando afectado por el resultado de las circunstancias; sin exaltarse demasiado cuando se suponen positivas y sin deprimirse cuando se creen negativas. Uno se siente dueño, señor de sí mismo sin ser vapuleado por los acontecimientos de la vida. Aquí es donde se encuentra el eje de la Identidad en términos existenciales, donde yo soy más yo de verdad dando expresión a todo lo que surge de mí conscientemente.

La expresión natural del potencial que la vida lleva consigo es lo que conocemos como temperamento, se manifiesta en tres campos de experiencia que complementan la identidad central o “YO”. El ser humano tiene la capacidad de observar, retener la información por medio de la memoria, entender y comprender formando parte todo ello del campo del “Ver”. También tiene la facultad de sentir sensaciones agradables y desagradables, tanto a nivel físico–fisiológico como a nivel psicológico: dolor, angustia, rechazo, sentimientos de amor en distinto grado, de  belleza,  de alegría, de felicidad etc... es lo que forma parte del campo del “Sentir”. Y además, tiene la aptitud de tomar decisiones según su criterio, poniendo en acto la voluntad para realizar cualquier tipo de acción siempre dentro de sus posibilidades, siendo este el campo del “Actuar”.

Ver, Sentir, y Actuar constituyen la base de nuestro temperamento natural, jugando su combinación particular en cada persona  un papel distinto y haciendo que cada una de ellas sea diferente a las otras según su mayor o menor expresión del potencial. Somos el “YO” central (la vivencia de Presencia, la seguridad consciente ser yo de verdad y no unos modos de comportamiento)  y  somos el temperamento, formando todo en su conjunto la Identidad.

El aspecto del temperamento  que predomine más determinará mi característica personal que, junto con los otros dos, me harán vivir la vida de una determinada manera. Si conozco cual es mi temperamento y soy consciente de ello, podré  funcionar  de un modo natural, sintiéndome yo de verdad, llegando a reconocer que no me falta nada, que estoy completo del todo y que lo único que necesito es dar salida con  simplicidad, sin trabas,  al potencial que surge de mí. Pero para que viva esa plenitud es necesario que esté instalado cada vez más en mi centro y desde ahí desarrolle y dé expresión a lo que soy existencialmente como potencial: La Conciencia que se da cuenta de sí misma y de las experiencias, que experimenta y expresa continuamente Ver, Sentir y Actuar. Es requisito fundamental desarrollar y equilibrar el temperamento; que ningún aspecto quede atrofiado por falta de desarrollo vivenciando cada campo conscientemente, obligándome a la expresión continua de eso que yo soy, no como una exigencia sino porque yo soy eso y así lo veo con claridad. La expresión  total de mí hará que yo adquiera la noción de sujeto, la Identidad que he estado buscando siempre y  me viva de esta manera desde el eje yo–experiencia: la experiencia clara de todo lo que yo he vivido de verdad conscientemente.

El modelo educativo actual no favorece en nada al ser humano para que se viva desde su realidad existencial, todo lo contrario; la perdida de respeto al niño (que quiere decir, la pérdida de toda su valía sin tener en cuenta que el verdadero valor está todo en él, sólo por el hecho de ser él, esa conciencia de vida en continua expresión) hace que en el proceso de su formación  se separe cada vez más de su conciencia viva y de su  temperamento base. El ser humano se siente obligado desde su más temprana infancia a adoptar un modelo de comportamiento social para ser aceptado por los demás, más concretamente dentro de la familia y después en el grupo con el que se relaciona y donde busca protección y seguridad, construyéndose progresivamente una identidad falsa que no tiene nada que ver con él, nada que ver con su naturaleza profunda. Se forma sin saberlo y a través de la educación, una idea falsa de sí mismo y por consecuencia de su entorno, haciéndole entrar en conflicto consigo mismo y con el mundo que lo envuelve. Esta identidad falsa siempre es deficiente y hace que se viva mal, pero el ser humano intuye la plenitud que es y proyecta hacia el exterior un ideal de vida que siempre está  relacionado con aspectos como: ser más inteligente, ser más capaz y voluntarioso o ser más y más querido, valorado o admirado, llegando a manipular a los demás para conseguir lo que busca por medio del arte de la seducción.

Cuando el ideal se frustra  vive la idea negativa de sí mismo produciéndole estados de angustia, de malestar, un dolor interno que a veces se hace insoportable y la existencia se convierte en un mal vivir; lo que podría ser un gozo, la felicidad verdadera, puede convertirse en un infierno. Para mitigar esta angustia profunda el ser humano huye o ataca ante las circunstancias si se siente amenazado, son dos reacciones básicas de defensa. Así durante el proceso de la vida se acumulan experiencias que anulan paulatinamente al “Yo Real”, experiencias que consisten en todo lo que se reprime, es decir, todo lo que no es expresado de forma natural por miedo a ser agredido, criticado, no querido, valorado o admirado,  y en todo lo que se desea y no se realiza porque la moral  y la estructura de creencias no lo permite. Por otro lado, también  se almacena dolor no trascendido, no asimilado, generalmente de tipo afectivo–emocional, que hace que reaccionemos ante las circunstancias de forma descontrolada y desproporcionada. Para mitigar todo este malestar se adquieren hábitos de placer compensatorio que pueden ser de todo tipo, corrientemente de tipo físico–fisiológico como comer, beber, sexo etc..., e incluso otros del todo destructivos como la adicción a las drogas, dándonos una sensación de aparente tranquilidad y bienestar, pero que sólo son una tapadera de la angustia que se está viviendo. 

Vivir desde la verdadera Identidad es toda una revelación, es volver a ese estado de inocencia pura desde donde se vive el niño pequeño, el niño que todos llevamos dentro y que en el fondo es lo que más amamos. Descubrir mi verdadera Identidad es también descubrir la identidad del otro, la verdad del otro, y ahí es donde no existen barreras que nos separen para profundizar hasta el fondo de nuestro ser, para sentirme “Yo mismo” de verdad en el otro. No hay nada, nada más importante en la vida que vivir desde lo que yo soy conscientemente, dándome cuenta que no necesito nada del exterior para ser “Yo mismo” del todo.

Arturo Muñoz