| TESORO | |
|
¿Qué ocurriría si un día alguien se acercara a nosotros y nos asegurara que,
enterrado en algún rincón de nuestro jardín, se encuentra el tesoro más
maravilloso que nuestra mente es capaz de imaginar? Oro, diamantes, perlas,
toda clase de piedras preciosas enterradas en algún punto bajo nuestro
hogar. Bien, superado el estupor inicial, probablemente le enviaríamos a
paseo argumentando algo en la línea de que no estamos para bromitas y de que
se las fuera a gastar a otros. Nuestra vida no cambiaría, seguiríamos
confiando en algún golpe de suerte, en “la ilusión de todos los días”, las
quinielas, loterías, bonolotos y demás sorteos. O quizás, si fuéramos personas que no confían en el azar, personas para las que la suerte no existe, para las que sólo existe el propio esfuerzo y unas metas bien definidas, perseveraríamos en esa dirección, esforzándonos, trabajando en pos de nuestro objetivo, ese objetivo que me ha de reportar todos esos sueños, todas esas ilusiones, toda esa plenitud que anhelo. Y todo esto sin conceder un segundo de crédito a ese alguien que nos aseguraba que el tesoro estaba bajo nuestra casa, a unos cuantos metros de profundidad de la superficie. Pero... ¿ Y si realmente fuera cierto? ¿Y si realmente cada día nos estuviésemos acostando sobre un lecho de piedras preciosas y lingotes de oro, una fortuna tal que ya no tuviéramos que trabajar mas en toda nuestra vida? ¿No seria realmente absurdo todo ese afán de lograr esa riqueza, ya fuera mediante la suerte, ya fuera mediante el propio esfuerzo? Pues igual de absurda, igual de carente de sentido, igual de errónea es nuestra actitud ante la vida, esa actitud de búsqueda de la felicidad en lo exterior, en todo lo material, ignorando que todo lo que buscamos en el exterior ya se encuentra en nosotros mismos; ya sea paz, felicidad, amor, poder, inteligencia. Todo absolutamente, todo lo que nos atrevamos a soñar ya se encuentra en nosotros, eso si, oculto bajo una espesa capa de sedimentos, cuyo nombre es ego y que impide que toda esa plenitud que somos brille por sí misma.
El
problema es que, del mismo modo que nos costaría creer que bajo nuestro
jardín se halla un magnífico tesoro, nos cuesta creer que en nosotros se
halla toda esa plenitud que tanto y tanto anhelamos; no le concedemos el
suficiente crédito a esa verdad; no nos entregamos en cuerpo y alma a esa
búsqueda de la Realidad que sostiene nuestras vidas; y no lo hacemos porque
nuestras mentes confusas y oscuras todavía se siguen distrayendo con
pequeñas migajas de felicidad, de triunfos, de victorias que salpican
nuestras vidas; y así de migaja en migaja, de gotita en gotita vamos
haciendo camino creyendo que, bueno..., ... que la vida es eso... una batido
compuesto de sinsabores y de alegrías que para algunos es mas amargo y para
otros mas dulce. La mente es nuestro gran enemigo, pudiendo ser nuestro mas
fiel aliado.
Para poder encontrar ese tesoro escondido en el jardín de mi casa, he de
estar absolutamente convencido de que ese tesoro esta ahí, he de entregar mi
vida a esa búsqueda y eso sólo lo podré hacer si no tengo ni el más mínimo
resquicio de duda, aunque mi mente me diga que estoy loco, aunque los
vecinos no me dirijan la palabra, yo seguiré buscando, cavando más y más
profundo. Sólo esa convicción firme hará que consiga mi tesoro sorteando
todo tipo de problemas, obstáculos y desánimos. La Verdad nos está esperando; podemos vivir ahora mismo todo eso que soñamos, sólo necesitamos convencernos de que es factible, de que es auténticamente posible. El punto de partida, el primer paso es el reconocimiento de una demanda de plenitud, una plenitud que no puede darnos el mundo exterior. Ese es el auténtico sentido de la vida, la búsqueda de quienes somos. Estamos en el mundo para reconocer nuestra verdadera naturaleza y vivir desde ella, lo sepamos o no.
Josep M” Pegueroles
|
|
|
|