| VIAJE A LA VIDA | |
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India, mágica, sublime,
hechizante, maravillosa... India, caótica, despiadada, desesperante,
insoportable,... India, paraíso de los contrastes y de los opuestos, dónde
la miseria y el lujo se dan la mano, dónde la vida y la muerte están mas a
flor de piel; India, por siempre India...
Atraídos por su extraño
embrujo, acudimos de nuevo a la llamada de la India; quizás huyendo, quizás
en busca de algo que ni nosotros sabemos, deseoso de renovar ese impacto,
ese choque absoluto de los sentidos, de los esquemas mentales, dejando atrás
el orden, la rutina, todo ese mundo cuadriculado que en la India pierde toda
su forma para convertirse en una oleada de vida donde la constante es el
caos.
La ciudad de la alegría
Calcuta,
la ciudad de Kali, donde viven, algunos sobreviven, alrededor de doce
millones de personas. Cuna de ilustres intelectuales como el poeta y
escritor Rabindranath Tagore, Calcuta es una ciudad en la que el recuerdo de
la época colonial inglesa todavía se hace bastante patente. El calor es
asfixiante, el cielo plomizo anuncia lluvia; estamos todavía en época
monzónica. En la calle nuestras miradas se cruzan con las de la gente. Son
miradas profundas, penetrantes, algunas amenazadoras, otras reflejan
extrañeza, a muchas de ellas les acompaña una ligera sonrisa de complicidad.
Compartimos el asfalto con peatones, vacas, rickshaws, bicicletas, carros
cargados con toda clase de artículos, hombres caballo, etc... Calcuta es la
única ciudad de la India donde ofrecen sus servicios los hombres caballo,
que tiran con su propio cuerpo de un carro con capacidad para dos personas.
Sus rostros, quemados por el sol, reflejan toda la dureza de su oficio.
Tomamos uno de ellos hasta el convento de las Hermanas de la Caridad; a
duras penas puede tirar de nosotros, esquivando obstáculos a lo largo de las
estrechas callejuelas; para él hoy es un día de suerte ya que ‘pillar’ a dos
turistas representa ingresar unas cuatro o cinco veces más el precio que la
gente normal paga.
Calcuta es una ciudad
donde se respira de una forma muy especial el aire fresco y hermoso del
voluntariado; el ejemplo dado al mundo por la Madre Teresa no ha sido en
vano y una gran cantidad de personas, mayoritariamente jóvenes, acude cada
año para aportar su grano de arena, su pequeño esfuerzo, y obtener a cambio
el gozo inmenso derivado del dar sin esperar nada a cambio. Frente a la
tumba de la Madre Teresa, oramos, rendimos tributo y respeto a esa gran
alma. La imagen de todos los pequeños huérfanos rodeando la tumba, entre
asustados y sorprendidos, con su maravillosa espontaneidad; esa, propia de
los niños que nos hace sentir bien, contentos de que la Madre Teresa
descanse entre tanto amor y tanta inocencia.
Colosos entre la niebla
Huyendo
del asfixiante calor de Calcuta nos trasladamos al agradable entorno de
Darjeeling, al pie de la cordillera de los Himalayas. Nos rodean vastas
extensiones de plantaciones de té que cubren laderas enteras de las
montañas. Observamos a las recolectoras encorvadas sobre los arbustos de té,
totalmente inmersas en su labor de recolección; el colorido de sus saris
destaca sobre el fondo verde componiendo un cuadro armónico de colores, toda
una experiencia visual. Darjeeling se encuentra literalmente colgado sobre
la ladera de una montaña configurando un entramado de estrechas y empinadas
callejuelas por las que transitan y se entremezclan toda clase de etnias y
razas: cachemires, tibetanos, nepalíes,
occidentales... . Visitamos un centro de refugiados tibetanos que subsiste
mediante la fabricación y venta de artículos de piel, lana y alfombras; en
sus caras predomina la serenidad y la calma como si la tragedia de su pueblo
fuera simplemente una triste anécdota de la historia.
La espesa niebla es
nuestra compañera fiel durante nuestra estancia en Darjeeling; sentimos la
presencia del Kanchenjunga, la gran montaña que, a modo de silencioso
testigo de la vida, se alza a más de ocho mil metros y cuya visión, en días
claros, constituye un espectáculo fascinante y sobrecogedor.
Siguiendo los
pasos de Buda
Dieciséis interminables
horas de trayecto en tren nos acercan a Patna, capital del estado de Bihar
que es, sin duda, el más pobre de toda la India. Tras unas pocas horas de
sueño reemprendemos de nuevo el camino para llegar a nuestro próximo
destino, Bodghaya, el lugar dónde se dice que el príncipe Siddartha, el
Buda, llegó a la iluminación, al Nirvana, sentado en meditación; en tan
solemne y sagrado lugar se alza hoy en día un precioso templo rodeado de
jardines que impresiona por la gran quietud, calma y sosiego que se perciben
en él; el enclave más sagrado lo constituye el preciso lugar dónde El Buda
alcanzó el Nirvana justo al pie del árbol bodhi. El árbol actual corresponde
a una tercera o cuarta generación del original; recogemos algunas hojas
caídas del suelo y un monje que nos observa, se acerca y nos hace entrega de
un montón de hojas que acompaña con una serena sonrisa. Los fieles oran,
meditan, rinden silencioso y tributo frente al lugar dónde dos mil
quinientos años atrás un hombre tuvo acceso a la Verdad, a la Realidad. Nos alojamos en un centro budista a las afueras de Bodghaya, situado en medio de campos de arroz. No es posible mayor tranquilidad y silencio; nos dormimos acompañados de los cantos vespertinos de los pájaros que de esa forma despiden el día antes de posarse en sus ramas para dormir; nos despertamos de nuevo con sus trinos, esta vez dando gracias por el nuevo día que comienza; los seres humanos hemos perdido esa inocencia y esa limpieza de mente que tienen los pájaros... confieso que hasta siento un poco de envidia de ellos.
Vida y muerte en el río
Benarés, Varanasi como se
la conoce en India, es la ciudad de Shiva. Shiva está presente en cada casa,
en cada rincón , en cada alma.
Benarés se extiende a lo
largo de la orilla izquierda del Ganges, el río sagrado, la Madre Ganga, que
nace en los Himalayas, al pie del monte Kailash y discurre de oeste a este
hasta desembocar en el golfo de Bengala. Cada amanecer, las numerosas
escalinatas ó ghats se pueblan de vida; la gente se asea, se lava los
dientes, rezan, ríen, hablan o simplemente observan junto al río que,
silenciosamente, se lleva sus pecados.
Nos perdemos por las
estrechas callejuelas. Vendedores de incienso, de especias, zapateros,
barberos, tenderetes de té, tiendas de toda clase de utensilios se apretujan
una al lado de otra. Cuando por fin se abre el cielo y descarga las calles
se convierten en barrizales dónde se mezclan el polvo con las basuras y con
los excrementos de las muchas vacas que totalmente ajenas deambulan de un
lado para otro.
La vida y la muerte se dan
la mano en Benarés; la muerte pierde ese halo trágico y tenebroso que tiene
en la civilización occidental para transformarse en algo cotidiano,
intrínseco, consustancial a la propia vida, al propio hecho de vivir.
Deambulando por las calles es inevitable cruzarse con un cadáver que,
llevado sobre una plataforma por cuatro intocables, es conducido a alguno de
los ghats de cremación. La cremación es, para el hindú, sinónimo de
purificación; todos los pecados y faltas cometidos en vida son eliminados
por el fuego purificador. Asistimos como espectadores privilegiados al
"espectáculo" de una cremación narrada, con todo lujo de detalles, por un
individuo que, haciéndose pasar por el dueño del crematorio, pretende
obtener de nosotros algunas rupias amparándose en una rocambolesca historia
sobre donaciones de leña para familias sin recursos; es la lucha por la vida
utilizando para ello a la muerte.
Por mas pasos que damos,
por mas vueltas que damos siempre acabamos en el mismo lugar, sentados
frente al río, observando su serena belleza, sintiendo su fuerza interior,
atraídos por su poderoso magnetismo. Sentados en las escalinatas frente al
Ganges, soportamos estoicamente toda la gama de ofertas varias que nos
asaltan: té, masajes, clases de yoga, paseos en barca,... vida y muerte,
muerte y vida.., pero... ¿ Acaso hay realmente algo que viva o muera?
Unos cien kilómetros río
arriba se encuentra la ciudad de Allahabad. En ese punto se juntan el Ganges
y el Yamuna para seguir desde ahí con un solo nombre, el Ganges, hacia su
desembocadura en el golfo de Bengala. El sitio exacto dónde se encuentran
las aguas de ambos ríos, llamado sangam, es enormemente sagrado para los
hindúes. Tomamos una barca hasta allí y disfrutamos contemplando cómo la
gente se zambulle, se echa agua por encima haciendo sagrado algo de ese
momento preciso. En la India la fe es un auténtico motor, un auténtico
estímulo para sobrellevar las penurias y las dificultades de la vida.
Alguien llamará a esto resignación, conformismo, etc. ... pero lo cierto es
que con toda la miseria y pobreza que, en la India, constituyen el paisaje
cotidiano, ni la desesperación, el dolor ó el desaliento son tan
desgarradores, tan estremecedores como los existentes en los submundos
marginales de nuestra maravillosa sociedad del bienestar en Occidente.
Alquimia Cambiamos el río por el océano y, de un plumazo, nos encontramos en las playas de Goa, antigua colonia portuguesa. Frente al océano evocamos las experiencias vividas en las jornadas de viaje anteriores. Los buenos momentos lo son aún mucho más al evocarlos en nuestro recuerdo; los malos momentos vividos se tornan en simples anécdotas del viaje. Por encima de todo planea la extraña sensación de llevar mucho tiempo viajando; han sido veintiséis días pero parecen seis meses. Es así, siempre es así en la India; son tantas las experiencias, tantas las sensaciones nuevas, olores, sabores, ruidos,... que los días parecen tener cuarenta oras. La vida ha transcurrido más despacio, la hemos saboreado, paladeado instante a instante, como si cada segundo fuera realmente el último; volvemos con la esperanza de poder renovar y mantener algún día esa sensación de infinito presente en nuestras vidas. Regresamos... y ya la añoramos.
Josep Mª Pegueroles & Mariana Marín
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